A mi esposo…

Un día, hace aproximadamente 17 años, me dijiste:

“Haré todo lo posible para hacerte la mujer más feliz del mundo”; dijiste también: “te voy a honrar siempre y te respetaré”, y otra cosa que mencionaste ese día, fue: “no quiero una mujer a mi lado para hacer quehaceres todo el día, porque no busco una ama de casa, busco a una esposa que edifique el hogar.

En esa tercera parte fue que terminaste de robarme el corazón y confirmé que eras el mío, ¡jajaja! ¡Bromeo! Aunque uno se ríe, pero es verdad.

Lo cierto es que no tuviste que esforzarte mucho para hacerme feliz.

Tu integridad, honestidad, tu manera de ver las cosas, esa gran pasión por hacer todo correcto para Dios, la manera en la que buscas que toda conversación termine en Dios, tus ganas inmensas de hacer el bien e impulsar a quien te rodea, el acabado de perfección que le das a cada cosa que culmina, el compromiso con la obra de Dios y tu casa, las agallas de no retroceder nunca y proceder con tu llamado, la valentía de enfrentar lo que venga y la justicia que ha sido siempre el sello que te representa, me hace ver cada día la joya de hombre que tengo a mi lado.

Gran hombre, gran esposo, gran padre, gran hijo, gran amigo…

¡La grandeza es lo que te caracteriza!

Sería imposible decir la totalidad de tus virtudes sólo en palabras, es por eso que tengo el corazón lleno y agradecido con Dios por darme todo lo que contigo tengo.

Siempre he dicho que, además de amarte, te admiro. Eres mi ejemplo, mi motor, mi maestro…

¡Eres mi bendición!

Hoy no es una fecha festiva, pero a tu lado, todos mis días son de fiesta, y eso quise gritarlo, porque hombres como tú, no pueden estar ocultos ni tus obras en silencio…

¡Gracias por ser lo que eres!

Te diré lo que cada profeta de Dios te dice al pasar por tu vida: ¡Nunca cambies!

De mi parte, sabes que siempre estaré a tu lado para acompañarte y estar en cada paso que juntos en Dios daremos.

¡Dios bendiga tu andar!